
En una esquina de la era, teníamos un centenario y enorme nogal, al que me encantaba subirme, a pesar de la dificultad que tenía para ello, aunqe acedíamos a las ramas más bajas, que lindaban con el camino vecinal, a través del muro que separaba el mismo de la era.
Un día que estaba muy arregladita y muy mona, no sé porqué motivo, y que aún no era la hora de salir, para entretenerme se me ocurre subir al muro para cojer unas nueces ,que entonces ya estaban formadas, pero aún tenían aquella cáscara verde y gruesa, que poco a poco se iba secando, volviéndose fina y como de piel negra , lo que indicaba que era el momento de varearlas del del nogal.
Pero yo, lista de mí, en mi impaciencia les quise sacar la cáscara verde, y me puse las manos y el vestido que...¡paqué!.
El vestido era el de esa foto, del cual estaba muy orgullosa, porque era de un amarillo canario, y las margaritas eran bordadas superpuestas en terciopelo marrón. En la falda tenía tres en diagonal: la de la cadera tenía como una hoja despredida, la del centro de la falda, dos, y la del borde del dobladillo, tres. Como si a la margarita, en su trayectoria, se le fueran soltando sus hojas. Era una obra de arte de la bordadora.
Evidentemente, me vi obligada a cambiar de modelo.

